Palacio del Yuri de Kumi - Página de Emiko y Cure Banshee
El diario de Emiko

5 de Junio


Querido Diario…

Por la señora del Coño Majestuoso, ¿qué le está pasando a mi mundo? No puedo… ni siquiera….. ¡¡¡AARGHHHH!!! Vale.. déjame empezar por el principio.

Lo primero que recuerdo fue un agudo crujido—el sonido de la regla de Kazuko-sensei golpeando contra su palma mientras estábamos en el abandonado jardín de la azotea del Instituto Meiwa. Madre, por una vez llevando ropa de verdad en vez de su equipamiento de bondage, pasaba sus dedos por la oxidada barandilla mientras Kazuko-sensei se ajustaba las gafas con precisión quirúrgica. Estaba explicando, con lágrimas en mis ojos, lo que había pasado el día anterior – el terror que había sentido, y cómo la nueva chica casi había sido cortada por la mitad.

Seguí parloteando una y otra vez, temerosa de parar, temerosa de que no escucharan...

Pero parecía que estaban creyéndome - ¡por fin!

“Emiko, querida,” Madre dijo, con una voz irreconociblemente sobria, “dinos exactamente qué fue lo que viste.”

“Quienquiera que fuera esta delincuente…” Kazuko-sensei frunció el ceño, con su cara arrugándose de intensa ira, “No lo hará durante mucho más tiempo, eso te lo prometo. ¡Dinos qué aspecto tenía, adónde fue y le daremos su castigo!”

Júbilo y esperanza llenaron mi corazón. ¡Con los adultos al cargo, podría dejarlo atrás y dejarles a ELLOS ocuparse de todo!

Abrí la boca—

—y el aire se separó como la fruta que está demasiado madura. Ella se materializó detrás de mi madre y mi profesora en una cascada de pétalos de rosa negra, con sus katanas gemelas ya de un chorreante carmesí. La cabeza de Madre salió primero, con su cuerpo decapitado desplomándose cual sakura caído. Sus ojos abiertos mirando fijamente los míos de forma inexpresiva. Kazuko-sensei consiguió dar medio paso antes de que la espada la partiera verticalmente de cabeza a ingle, con sus dos mitades deslizándose en direcciones opuestas con húmeda división. La chica enmascarada pasando por encima de los restos, con sus botas dejando sangrientas huellas mientras avanzaba hacia mí.

“¡Saori-nee!” ¡Grité en pánico! En cuestión de segundos, me arrepentí, no quería que viniera mi hermana, tenía que hacer que huyera—pero era demasiado tarde. Mi hermana entró de repente por la puerta de la azotea con su traje de criada habitual, sólo para ser empalada por el esternón a media reverencia. La espada se giró, despedazando sus pulmones mientras decía ahogadamente mi nombre cual caja de música rota.

Yuriko vino la siguiente, lanzándose entre nosotras con un grito de batalla que se ahogó en balbuceos cuando la hoja evisceró su abdomen, escupiendo espirales brillantes sobre la grava.

Entonces Yuki—pobre y temblorosa Yuki—quien lloraba en silencio mientras la espada partía su cráneo en como un melón, con sus gafas rompiéndose contra la hoja.

Lo pero vino al final. Las pequeñas manos de Kyosuke agarraron mi uniforme, con sus grandes ojos reflejando mi terror. “¿Emiko-nee…? ¿Qué está pasando? ¡Por favor.. protégeme!” La espada brilló entre la oscuridad, y su pequeño cuerpo se desplomó, con su garganta abierta como si fuera una segunda sonrisa. La sangre borbotaba por mis mejillas—cálida, metálica, injusta—mientras la chica inclinándose hacia mí, con su aliento oliendo a cementerio en invierno. “Ahora es tu turno mi mascota—”

Me desperté gritando lo suficientemente alto como para agitar los pósteres enmarcados en mis paredes. La puerta se abrió de un golpetazo antes de que se vaciaran mis pulmones—Madre llevando realmente un pijama por una vez, Saori tropezándose con su propio camisón en pánico. Se estrellaron en mi cama como meteoritos confundidos, con sus brazos envolviéndome antes de que pudiera dejar de hiperventilar.

“¡Emiko-chan!” las lágrimas de Saori inundaron mi pijama empapado en sudor. “¿Era la pesadilla del dildo tamaño jirafa otra ve—”

“¡Cierra *la boca*!” resoplé, temblando contra ellas.

Su calidez se sentía obscenamente real comparada con los fríos charcos de sangre del sueño. Los de dos de Madre cardaban por mi enredado pelo con sorprendente gentileza.

“Habla,” ordenó, con su voz privada de su entonación juguetona habitual. Mi garganta se cerró alrededor de las imágenes—las pequeñas manos de Kyosuke perdiendo fuerza, las gafas de Yuki rompiéndose—pero sólo se escapó un gimoteo.

Saori puso su frente contra la mía, con su aliento mentolado por el tentempié de medianoche.

“Quédate en casa,” me pidió rogando con urgencia, con sus dedos apretando mi manga. “Haremos una maratón de telenovelas cutres y comeremos tempura hasta que te de olvides de lo que sea que—”

“No.” La palabra me arañó la garganta. La sangre fantasmal de Kyosuke seguía aferrada a mis palmas—si me quedaba aquí, esa hoja de pesadillas le encontraría a él primero.

La mirada de Madre se afiló, con sus arregladas uñas dando toques en mi pómulo. “¡Al menos dinos qué aterrorizaba a mi más joven hija tanto como para despertar a la ciudad entera! ¡NUNCA has gritado así!”

Saori agarró mi muñeca, con sus habituales gemidos sumisos reemplazados por acero. “Emiko-chan, si alguien te ha amenazado—”

“Era….. so… sólo un sueño,” mentí entre dientes, quitándome sus manos de mí.

El reloj digital sangró 7:17 de la mañana en un rojo rabioso.

“Sólo… terror existencial a la trigonometría.”

Mi uniforme se pegaba a la piel resbaladiza de sudor mientras me vestía mecánicamente, ignorando la mirada de sospecha de Madre. La garganta abierta de Kyosuke atemorizó mi periferia en un instante—si esa hoja le encontraba mientras yo me encogía bajo mis sábanas, nunca me perdonaría a mí misma.

El aire matutino de Tokio me espabiló mientras corría por nuestra entrada para vehículos. No había manera de haberme tragado el desayuno ese día. Las calles bostezaban con trabajadores tempraneros acudiendo a sus puestos sujetando cafés de supermercado como reliquias sagradas. La normalidad rallaba con nervios tensos—¿cómo podían los asalariados podían seguir andando cuando esa cosa seguía respirando? Mis deportivos daban contra la acera con fuerza suficiente como para romper el cemento. Entonces—catapum. Mis piernas se enredaron a media zancada. La gravedad se rio de mi mientras planchaba mi cara contra los envoltorios de ramen del día anterior.

“¡Eh, niña rica! ¡Mira dónde pones esos zapatos de payaso de diseño!”

Pestañeé abajo a la peluda molestia actualmente enredada entre mis cordones. La criatura—si es que era una criatura—parecía como si alguien hubiera metido a un barista disgustado dentro de un tanuki disecado. Su cola con manchitas en forma de estrella se movía de forma irritada mientras se desenredaba de mis cordones, con pequeñas pezuñas quitándose suciedad inexistente de su pelaje lavanda.

“Joder por fin,” refunfuñó, ajustando su halo resquebrajado con su pezuña. “Pensarías que las chicas ricas se pueden permitir la percepción de la profundidad.”

Agarré a mi ahora palpitante bestia, con una mezcla de incredulidad y furia asesina. “Yo soy—tú—¿!PERO QUÉ COÑ—”

“Ese es el problema con los niños ricos,” el tanuki murmulló, esquivando mi salvaje patada con desconcertante gracilidad. “Siempre pensáis que la realidad tiene VUESTRO permiso para existir.” Sacudió su cola, mandando un aluvión de motas brillantes a mis ojos, “Mi nombre es Muffin el Magnífico. Molestia cósmica, Mágico molón en general, a tu servicio. Ahora deja de agitarte antes de que te—”

Nuevos gritos atravesaron el aire matina—en un tono más alto esta vez, casi histérico. Humano. Femenino. Múltiples chicas.

Las orejas peludas de Muffin se aplanaron contra su cabeza. “¡Vaya…oh….. mierda!”

Me puso una mirada desagradable. “¿Qué haces ahí parada, tetas dulces?” ¡Vamos a verlo!

“¡Míralo tú mismo, Tampón Cósmico! ¡Soy sólo una niña!”

“¿Tampón Cósmico? ¿De dónde coño… Oh.. me cago en la hostia… ¡Sólo sígueme!”

La cola estrellada de Muffin se movía mientras doblábamos la esquina—y se congeló. El callejón retumbaba con caos.

Cinco chicas del Instituto Meiwa—de tercero, a juzgar por los colores de sus lazos—estaban sacudiéndose como flamencos borrachos al mismo tiempo que pequeñas y azabaches estrellas las enjambraban. A primera vista, era casi cómico: origami celestial persiguiendo a adolescentes chillando.

Fue hasta que uno se aferró desagradablemente al muslo de Nishioka-san y le dio un buen mordisco. La sangre brotó al instante, sorprendentemente roja contra su pálida piel. La estrella se soltó, dejando una mordedura con cinco puntas perfectas, con sus dientes como alfileres brillando.

“Hostia puta,” Muffin soltó. “Esas no son simples estrellas—son putas pirañas Kegarenoko.”

“¿Quién coño son los Kegarenokos?” Chillé, con todo mi mundo volviéndose una puñetera pesadilla de proporciones épicas.

Realmente llegados a este punto esperaba despertarme en mi cama gritando de nuevo. ¡Esta vez, ESCUCHARÍA a la retrasada de mi hermana y me quedaría en casa!

“¿Qué coño son, sería una pregunta mejor?” Me disparó de vuelta, mientras seguían atacando a las chicas.

“!¿!A quién le importa la sintaxis!?! ¿No vas a detenerlas?” Le bramé enfadada.

“No… No puedo..” Dijo Muffin, de pronto pareciendo muy serio. Entonces se giró y me miró. “Pero… TÚ puedes...”

“¿Qué narices quieres decir? No puedo...”

Muffin no me dejó acabar—simplemente usó su zarpa para rasgar la realidad misma, con los bordes chispeando con estática violeta. Del bolsillo imposible, se sacó un bastón más largo que alta era yo, el báculo de obsidiana pulida resonaba con energía latente. En su punta, una brillante estrella emitía pulsos dentro de un anillo de plata, proyectando puntiagudas sombras por las paredes del callejón.

“¡Pilla!” me ladró, lanzándolo a mi pecho sin previo aviso.

El bastón golpeó mis costillas tan fuerte como para magullarlas, con su peso sobrenatural—como sujetar una estrella colapsando apenas contenida por la física.

“¿¡Qué coño se supone que tengo que hacer con esto!?” Escupí, con mis dedos pringosos con sudor frío mientras el enjambre de Kegarenoko se soltaba de la rasgada manga del uniforme de Nishioka-san y se volvían hacia mí, con sus pequeños dientes brillando como cristal roto.

“¡Levántalo y grita ‘¡Grito Banshee! ¡Activar!’ estúpido saco de carne!” Muffin chilló, poniéndose ya detrás de un contenedor de basura.

El Kegarenoko más cercano se lanzó—un borrón negro de dientes como alfileres y malicia. Mi instinto se apoderó de mí. Moví el bastón como si fuera un bate de béisbol. La estrella de la punta emitió un destello violeta, atravesando a la criatura con un sonido como de terciopelo rasgándose. Explotó en polvo azabache que apestaba a regaliz quemada.

“¡AHORA, ESTÚPIDA QUINCEAÑERA!” Sonó la voz de Muffin de detrás de la basura.

El bastón prácticamente vibraba en mis manos, resonando con una energía que me daba dolor de dientes.

Que le den.

Levanté el pesado bastón hacia el cielo, bramando con hasta el último ápice de mi molesta confusión: “¡BANGRITO! ¡ACTIVAR!”

El mundo *explotó* en oro cegador. El calor me abrasaba—no era dolor, sino algo más profundo, como luz solar derretida reescribiendo mi ADN. Mi uniforme escolar se evaporó parte por parte, siendo reemplazado por resplandecientes figuras musicales que se enroscaban por mis muslos, pecho y cadera como lazos vivientes. ¡Un crescendo se formó en mis oídos mientras la luz esculpía una camiseta de tejido blanco con remates de oro! Al mismo tiempo, un gran lazo dorado se fijó por mi garganta, apretándose con cada respiración hasta que apenas podía gritar ahogadamente. ¡Unos largos guantes blancos y dorados a juego se materializaron en mis brazos con chasquidos audibles, con el tejido tan vasto que se sentía como una segunda piel a la vez que una minifalda muy corta del mismo patrón de colores apareció alrededor de mi cintura, cubriendo mis más modestas partes femeninas! ¡Casi podía sentir un gran lazo saliendo de mi parte trasera, revoloteando contra el cálido aire! El toque final vino con un par de botas hasta los muslos que se abrocharon con precisión—como si anunciaran, Aquí esta ella, perra.

El brillo se atenuó, revelando la mandíbula caída de Muffin. “Joder,” resopló, “pareces una bola de disco que ha tenido un bebé cocainómano con una dominatrix.”

Me miré a mí misma—la camiseta abrazaba mis pechos, pero una gran apertura en forma de corazón revelaba gran parte de mi pecho con vergonzosa precisión, los guantes brillaban como oro líquido, y las botas… Santo Jesucristo, las botas tenían tacones.

“¿Pero qué narices es esto?” Siseé, tambaleándome mientras daba un paso adelante. El bastón—ahora liso y resonante—se sentía como una extensión de mi brazo.

“¡¡¡Castigando al mal cunado decide mostrar su fea cara!!! ¡Soy la perra que va a mandar tu oscura cara de vuelta al Infierno! ¡Soy el Azote de todos los malhechores! ¡Gritando por los inocentes… soy… Cure Banshee!”

Formulé esas palabras, pero no por elección, sino como si una extraña fuerza estuviera forzando estas palabras a salir de mi boca, entonces. Lo peor de todo. Me sentí a mí misma posar sensualmente, sujetando el bastón junto a mi boca mientras lo besaba.

¡Esta transformación mágica necesitaba una visita de las putas autoridades de la decencia pública!

Entonces la voz de la razón gritó de nuevo, “¿Realmente necesitas cinco minutos posando antes de usar tu puta magia, gilipollas?”

“¡Que te den, Óscar la Rata!”

Los Kegarenokos restantes chillaron, con sus pequeñas formas retrocediendo por la luz que seguía radiando de mi piel. Uno se lanzó, y sin pensar, agité el bastón de nuevo.

“¡Grito Banshee… *Tajo*!” Las palabras salieron de mi garganta, y la estrella del bastón adquirió un destello violeta, cortando a la criatura con un sonido como de cristal roto. Se desintegró en polvo negro.

La peluda mandíbula de Muffin se quedó todavía más abierta “Vale, primero—¿nombrando tus ataques? Super friki. Segundo—“

No le dejé acabar. EL resto de los Kegarenokos se enjambraron hacia mí en un negro tsunami de rechinantes dientes, y yo me vi envuelta en una repentina subida de poder. El bastón se convirtió en un destello violeta en mis manos, cada sacudida cercenando sus entintados cuerpos con nauseabundos crujidos. Explotaban como uvas pasadas—el icor negro salpicando por mis estúpidamente brillantes botas. Uno se agarró a la curda de mi corsé; lo aplasté bruscamente contra el muro de ladrillo hasta que sus gritos cesaron con un húmedo pop.

Grité, agité y acribillé hasta que todos y cada uno de los rechinantes hijos de puta estaban muertos, con sus restos lentamente volviendo a ser gel negro y desapareciendo en el suelo donde parecían densas bolsas de ocre de medianoche.

Entonces mis ojos fueron a parar a las sangrantes y aterradas chicas que lloraban….

“Grito Banshee... ¡Purga!” La estrella del bastón empezó a tener un brillo dorado mientras lo llevaba por la acera. Ondas de luz radiaban hacia fuera, limpiando a las desplomadas chicas. Sus heridas se cerraron con audibles *chas*, con lágrimas uniformes resellándose como si el tiempo fuera al revés. Nishioka-san dio un grito ahogado mientras las ronchas de cinco puntas de su muslo se desvanecían en cicatrices rosas.

Las chicas de tercero pestañearon al mirarme—con los ojos abiertos en terror convertido en asombro—antes de revolver sus pies al unísono. Sus reverencias eran cómicamente exageradas, con sus frentes casi tocando el pavimento.

“¡Gracias, Cure Banshee-sama!” dijeron sincronizadas, con sus voces temblorosas.

Una—una chica pequeña con maquillaje corrido—se lanzó adelante para agarrar mi enguantada mano. “¡Nos has salvado de esas… esas *cosas*!”

Me picaba la piel bajo esas miradas de respeto. Solía soñar con esto… pero ahora…. ¡NO! No estaba bien.

“Yo… sólo hago mi trabajo,” Murmuré, sacando violentamente mi mano antes de que notaran lo húmedos que estaban mis enguantadas palmas.

La camiseta se clavó en mis costillas mientras gesticulaba bruscamente hacia la salida del callejón. “Por favor…. *iros*. Por si aparecen más…. además, chicas… es hora de ir a clase.”

Su gratitud se agrió en temor—perfecto. No estaba segura de si era miedo a las criaturas o ser pilladas llegando tarde, pero funcionó. Salieron en desbandada cuales cervatillas asustadas, con sus cordones de los zapatos golpeando el suelo.

Sólo cuando sus estridentes voces se desvanecieron por la esquina mis rodillas al fin cedieron. El bastón repiqueteaba contra el asfalto mientras mi transformación se deshacía del revés—luz dorada quitando mi ridículo traje hilo por hilo hasta que me quedé agachada ahí con mi arrugado uniforme del Instituto Meiwa, temblando como un gato electrocutado.

Ataqué verbalmente a Muffin, exhausta pero con los puños cerrados los suficiente como para dejar marcas curvas en mis palmas.

“¡Explica, cretino con pelo! Ahora.” Mi voz salió rasgada.

El pequeño malnacido bostezó, echando mano de su dimensión de bolsillo, y produjo una humeante taza de café—completa con el arte de espuma de una mano sacando el dedo del medio. Tomó un pausado sorbito.

“Ahhh… tostado negro brasileño con un regusto de canela.” Sus bigotes se movieron de forma engreída. “Los detales son para luego, mejillas dulces. ¿Ahora? ¿Esos Kegarenoko que acabas de apalear? Son tu problema ahora—junto con cualquier otro bicho de pesadilla que se arrastre fuera de la carpintería cósmica.”

Me lancé a su cuello—o lo intenté, antes de que me traicionaran mis piernas, aun estando hechas gelatina de lo que coño hiciera esa transformación con mi memoria muscular.

“¡Elige a otro!” Gruñí en mi poco digno despatarre sobre la acera “¡No me he apuntado para esta mierda con brillitos!”

Los bigotes de Muffin se movieron por el borde de su café. El vapor se arremolinaba por su peluda cara como una especie de halo de arrogancia.

“Mejillas dulces, la magia no pregunta. Reclama.” Se dio un exasperantemente lento sorbo. “¿Todo ese discurso de ‘golpear a la cara del mal al infierno’ que has dado? Sí, eso no ha sido improvisado. Ese era el currículo de tu alma leyéndose s sí mismo.”

Me lancé a por su estúpida cola—solo para que mi pie le atravesara como si estuviera hecho de material holográfico y de actitud.

“¡¿Qué cojones—?!”

“Protección astral, gilipollas.” Muffin tomó otro lento clamado sorbo de su café, con vapor envolviendo sus engreídos bigotes. “Regla número uno: los guías mágicos simplemente están siempre fuera del alcance de los puñetazos.”

Movió su estrellada cola, mandando manchas arremolinándose en mi furiosa cara. “Ahora cierra la bocaza y escucha—¿esos raritos de los Kegarenoko? Son solo exploradores. Hay más en camino, ¿y adivina quién se ha convertido de repente en la nueva exterminadora brillante de Tokio?”

Alcancé el bastón del pavimento, con su superficie obsidiana resonando contra mi palma.

“Elige a otro,” Gruñí, girándolo como una batuta. “Alguna chica mágica con ojitos de liebre que quiera brincar por ahí en lencería de satén disparando rayos láser.”

Muffin sorbió el café molestamente, con vapor en sus bigotes. “La magia no hace audiciones, princesa. Huele la peste a héroe que hay en ti.” Gesticuló vagamente a mi pecho con su arrogancia. “¿Todo ese complejo de ‘proteger a los débiles’ que tienes? Chica mágica de manual.”

“No tengo ningún—” Mi protesta murió mientras la cara de Kyosuke se apareció ante mis ojos—con sus pequeñas manos agarrando mi manga después de que yo hubiera perseguido a los abusones de su clase. Me ardieron las orejas.

La cola de Muffin se meneó con arrogancia. “¿Ves? La magia sabe. Eres una Tsundere de Clase A—todo lo de ‘baka esto’ y ‘urusai lo otro’ hasta que alguien toca a tus seres queridos.”

Su peluda sonrisa se abrió mientras motas de polvo doradas se arremolinaron alrededor de nosotros. “Además, todos los Kegarenoko que aniquilaste me ha ganado una semana gratis en las Termas Celestiales.” Suspiró deseoso. “Aguas termales, vino de ciruela, esas pequeñas ranas que te frotan la—”

Mi bota casi le arranca la cabeza. El pequeño malparido esquivó a medio sorbo, sin dejar caer ni una sola gota de café.

“¡Un golpe bajo!” graznó, flotando boca abajo como una especie de murciélago con cafeína. “Pero vale, lo confieso—tienes corazón, princesa. Enterrado bajo dieciséis años de sarcasmo y perfumes de marca, claro, pero está ahí.”

Genial… ahora soy una adorable chica mágica…. salvando el día con una falda corta (y esperemos con braguitas que no sean transparentes) y una peluda mascota Disney con la que quiero practicar la lobotomía usando una motosierra.

¡Mi vida está oficialmente jodida!

- Fin de la Entrada -




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